lunes, 5 de marzo de 2018

Balada triste de trompeta (2010)


     El cine de Álex de la Iglesia es, ante todo, descarnado, carente de complejos (siempre políticamente incorrecto) y, cosa importante, casi siempre entretenido, al margen de las tramas de sus guiones y de los aciertos o errores que en ellos aparezcan. Todas sus cintas aparecen siempre tamizadas de un humor negro que lo empapa todo, de manera que ha conseguido imprimir un sello propio a cada una de sus películas. Desde aquella aquella  bestial y mítica cinta en la que el diablo iba a nacer en las torres Kio, sus thrillers mezclados con comedia negra, son ya reconocibles como marca de la casa y, hay que señalarlo, como una magnífica marca.

    La tarea de recrear medio siglo de la más reciente Historia de España, desde la Guerra Civil del 36 hasta el inicio de la Transición, con la voladura del Presidente Carrero a manos de ETA es un trabajo demasiado desequilibrado,  a veces hilarante pero que deja de tener gracia muy pronto. Resulta francamente exasperante, una locura esperpéntica típica de un demente, pero con la salvedad importante de que es cine "De la Iglesia" en estado puro. Pero esta vez a Álex se le va la pinza, con unos diálogos francamente incomprensibles que conforman esta especie de "escopeta nacional hitchockiana" sobre la locura de todo un país, representados en los personajes casi psicóticos que nos presenta.


    De la Iglesia ( autor del guión) se levantó un día y pensó: ¿Cómo cuento la eterna disputa entre las dos españas?. Pues a través de tres personajes que se vean irremediablemente atraídos y repelidos entre sí.  Puesto que la historia va a tener como hilo argumental la vida y milagros de una compañía de payasos, tenemos al payaso tonto (Antonio De la Torre), el que hace gracia a los niños que en realidad es un maltratador, lo que dice una mala persona y por otro lado tenemos al payaso triste (Carlos Areces), que primero es un panoli que, traumatizado por la prisión y muerte a manos de los nacionales de su padre payaso, inicia su andadura, feo y desgarbado, como el payaso que no hace gracia pero que en realidad, en contraposición con su compañero, es buena persona, tan buena que acabará torciéndose irremediablemente.  Ya le hemos liado, Álex: una españa de buenos contra malos. 




  ¿Y quién es España?. España, amigos míos, es una mujer bella, maltratada por el payaso tonto, del que está locamente enamorada pero que, incomprensiblemente, es capaz de verse atraída también por el payaso triste que la trata como a una reina pero que "no es para ella". Ella ha nacido para sufrir, para ser vejada, humillada y para trabajar sin descanso hasta reventar desfallecida. Cuando despierta de su letargo y opta por la opción correcta, la que le hubiera dado una buena vida, es tarde ya para ella. Es decir, que España no tiene solución, concluye nuestro maestro de ceremonias. Nada sutil mensaje, por cierto.



No es por tanto difícil averiguar a qué dos españas representa cada payaso. Pero, al margen de esta interpretación histórico-política, lo que hay en el  fondo es una historia de una violencia salvaje, de escenas rodadas con gran virtuosismo y espectacularidad y una segunda parte del film que se desinfla inmersa en un guión insoportable aunque, a lo Hitchkock, como siempre en el cineasta vasco, culmina a lo grande en un escenario épico y epicéntrico, ese lugar en dónde murió el padre del payaso tonto trabajando hasta reventar, el lugar donde fueron sepultados miles de víctimas al lado de su verdugo, el Valle de los Caídos, construido con el sudor y el esfuerzo de una España derrotada que siempre nos alcanza.

Ficha técnica:



Título


Balada triste de trompeta
Año
Duración
107 min.
País
 España
Dirección
 Álex de la Iglesia
Guion
Álex de la Iglesia
Música
Roque Baños
Fotografía
Kiko de la Rica
Reparto
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Productor
Coproducción España-Francia; Canal+ España / Castafiore Films / La Fabrique de Films / Televisión Española (TVE) / Tornasol Films
Género
ComediaDramaAcciónThriller | Guerra Civil EspañolaComedia dramáticaCirco.Comedia negraAños 70Payasos



ficha: filmaffiniy



jueves, 19 de enero de 2017

MILAGRO EN MILÁN (1951)

    Un cuento amable y divertido, mágico si queremos, con un trasfondo de crítica a la sociedad burguesa y al capitalismo más descarnado que no repara en derrotar con su bota de hierro a los más vulnerables durante y sobre todo después de la guerra que, finalmente, en un giro quasi religioso, lograrán una alucinante y a la vez inesperada victoria. Neorrealismo trufado de surrealismo, absolutamente alucinado, en esta película de Vittorio De Sica, una maravilla que se une a sus otras dos obras maestras del período neorrealista: la inigualable "Ladrón de bicicletas" y "Umberto D", ambas, como  esta, imprescindibles.

   Aquí el genial autor italiano consigue aunar un punzante y divertido humor, casi podríamos decir, inocente, ese tipo de humor que no necesariamente extrae de nosotros carcajadas sino sonrisas de complacencia, con la oscuridad, la imagen borrosa, propia de la terrible realidad de la época, la miseria tras la guerra, la falta de expectativas de una gran masa de desheredados que se ven abocados a malvivir en la indigencia, en un poblado chabolista en el que vemos llegar personas que, a consecuencia de la crisis económica de postguerra, se ven forzadas a abandonar sus hogares, procedentes de diferentes estratos sociales y lugares de Italia. Después de la destrucción, amplias capas de la sociedad, desde los pobres de siempre hasta personas pertenecientes a la alta burguesía, acaban malviviendo en la pobreza, mientras unos cuantos corruptos y aprovechados millonarios viven sin pudor en la opulencia más descarada, nada que no haya sucedido en todas las épocas solo que acentuado por el pesar en las conciencias del horror de la guerra.


El protagonista, Totó ( Francesco Golisano), es un joven e inocente huérfano, que es criado desde la más tierna infancia por una ancianita bondadosa que lo recoge casi por azar de una huerta, como si hubiese nacido de la misma tierra y con la que convive casi en total aislamiento hasta que esta fallece, pasando entonces a un orfanato, de donde sale ya adulto, comenzando así su peripecia entre los desposeídos, como un ángel que viene a trasformar sus vidas, a demostrar que se puede  vivir con dignidad en un mundo indigno. Las breves escenas de su infancia son adorables y su paseo en solitario detrás del féretro, de una fuerza expresiva que sobrecoge.



 Después llega su vida en el barrio de chabolas del extrarradio milanés donde casi sin quererlo se transforma en un líder de los desharrapados, que sin embargo deciden mantener su dignidad a pesar de las artimañas del todopoderoso señor Mobbi que quiere expulsarlos para explotar un terreno en el que casi mágicamente aparece petróleo, como un regalo divino que no consiguen aprovechar. Repleta de ese realismo mágico tan explotado después, mantiene en todo momento un humor inteligente y perspicaz que nos pateará duramente el hígado y nos hará reflexionar sobre todas  las situaciones de injusticia social, de las guerras y sus consecuencias y de lo injusto de todas las épocas, también de la actual, por muy antigua que nos parezca la cinta.


   Basada en la novela del guionista Cesare Zavattini "Totó el bueno", consigue un brillante resultado con esta alegoría de gran belleza expresiva gracias al buen trabajo en la fotografía de  Aldo Graziati (G.R.Aldo),  que consigue reflejar fielmente un paisaje desolado pero lleno de un vitalismo enternecedor, con un cálido y precioso tono en blanco y negro y  unas icónicas imágenes de un Milán todavía renqueante tras los destrozos de la guerra. La brillante compañía de la música de Alessandro Cicognini aporta ese ritmo alegre que nos predispone a la sonrisa dentro del drama colectivo que se nos presenta.

martes, 21 de julio de 2015

Los niños de San Judas ( 2003)

    Muros, siempre los malditos muros. La sinrazón, la barbarie, la intolerancia van siempre acompañadas de muros, de silencio, de vergüenza, físicos y reales muchas veces. Los desheredados, los delincuentes, los pobres y los huérfanos, los ladronzuelos, en definitiva, los que no han tenido suerte en la vida, esos niños que acaban siendo números en un reformatorio. En nuestro caso nos situamos históricamente en la Irlanda anterior al inicio de la II Guerra Mundial, en una especie de orfanato liderado de manera férrea por unos religiosos católicos que, iremos descubriendo después, en muy poco guardan parecido con las ideas de aquel carpintero de Judea al que sin embargo idolatran.  San Judas, donde la disciplina es absolutamente despiadada para con unas criaturas que no tienen culpa de haber dado con sus huesos en aquella cárcel.


 Esta es una historia dura, terrible, que te deja noqueado en el sofá, sin poder articular palabra. Y a poco que nos introduzcamos en la historia posiblemente nos consiga sacar alguna que otra lágrima en su escena final, llena de ternura y humanidad. Porque dentro de la sinrazón, está la esperanza en forma de clase, de escuela, de educación y de ternura y vocación por enseñar. Como decimos toda la historia que vemos ocurre en el reformatorio irlandés de San Judas.

   Todo está revestido de catolicismo y de supuesta piedad pero es pura fachada. Entonces llega el joven profesor William Franklin ( Aidan Quinn) que no hace mucho ha luchado en la Guerra Civil Española contra el fascismo y lo ha perdido todo, incluido al amor de su vida. Veremos flash-backs en los que se narrará brevemente esta historia. Pero ahora tendrá que continuar su lucha. 


En esa especie de cárcel canalizará su vocación como profesor educando en el  mejor sentido de la palabra a pobres niños olvidados de la mano de Dios (nunca mejor dicho), analfabetos y en un estado de embrutecimiento atroz. Franklin no ha dejado de ser un idealista y regala libros a los chavales que en principio rechazan pero que acaban aismilando en su día a día como escuela para la vida. La poesía, la literatura, la vida. Sus métodos no gustarán al cruel y despiadado hermano John (Iain Glen) que pronto observa en el maestro a un temible enemigo.

    Franklin, que lo ha perdido todo, incluidos sus ideales de libertad y democracia, librará una terrible lucha contra los métodos totalitarios del hermano rector que, sin ser el director del centro, impone su dictadura en la sombra. Su mundo ya no es el Madrid libertario que ha sido derrotado por el fascismo, sino un reducido espacio, una cárcel de niños olvidados y deshumanizados en la que tratará con sus escasas fuerzas de rescatarlos y regresarlos a la vida que algún día, cuando sean mayores tendrán que vivir.



  En el patio hay un pequeño muro divisorio de un metro de altura que no impide ver desde cada uno de los sectores que divide la otra parte. Niños mayores y niños pequeños. El hermano John amenaza: si alguien toca ese muro, esa pared se verá sometido al más cruel de los castigos. Sorprende la falta de humanidad de este religioso, su intolerancia y su rencor, un odio hacia los niños revestido de una beatería propia de este tipo de individuos. Es sintomático de lo que está pasando en Europa en esos mismos momentos: Hitler ha invadido Polonia, Gran Bretaña declara la guerra a Alemania.  A los malos tratos (una omnipresente correa dura con la que atiza hasta la extenuación a los desvalidos chavales) hay que sumar los abusos sexuales del hermano Mac (Marc Warren), conocidos por su superior y convenientemente ocultados. Hay que decir que hay una escena absolutamente prescindible en esta película por lo explícito de su contenido, dura, cruel y atroz que no aporta nada al desarrollo de la historia. 


jueves, 25 de junio de 2015

El hombre de Alcatraz (1962)

 
   ¿Quién tiene derecho a atrapar a un ser vivo en una jaula?.¿Por qué no puede este, después, alcanzar la libertad?. Siguiendo la máxima de Hobbes, es cierto que solo al hombre se le ocurriría encerrar en una infrahumana jaula a otro semejante, incomunicado, solo, para que muera en vida y enloquezca. Pero, ¿hemos pensado en los pobres pajarillos?.

   Estamos ante una cinta que nos hará reflexionar sobre los sistemas penitenciarios y la necesidad de replantearnos si es la mejor forma de castigar a alguien tenerlo atrapado en un recinto para siempre, despojándolo de su dignidad como ser humano, como a un simple periquito. Pero también es una película muy emotiva sobre el valor de la amistad, la lealtad, las ganas de vivir, todo un canto a la vida que utiliza como metáfora a los pájaros puesto que nuestro protagonista, Bob Stroud (Burt Lancaster) un vil asesino, violento y desalmado acaba encontrando su humanidad en contacto con estos animales, se reforma, aprende a convivir mientras le impiden toda convivencia, aprende valores, a pedir perdón, a tener amigos y a luchar desde su encierro por un mundo mejor. Y ante todo estamos ante una película que defiende el valor del humanismo y la dignidad, la de este vil ser que consigue llegar a ser una persona verdaderamente humana.

   Basada en hechos reales, Stroud había sido condenado a doce años de prisión por un asesinato. Amarrado a su madre, con la que guarda una relación de dependencia, asesina a un guarda de la cárcel tras la negativa de este a dejarla verla una última después de muchos meses de incomunicación. El alcaide, un funcionario en principio de talante progresista, cree haber dado excesiva confianza a Stroud y poseído de un terrible odio por su crimen, lo condena a vivir el resto de su vida en una celda incomunicado del resto de la prisión y, por ende, del mundo. Cuando es condenado a muerte el cadalso queda establecido en el patio de la prisión para el cumplimiento de la sentencia. Sin embargo Elisabeth, la madre, tras llevar el caso a Washington, logra entrevistarse con la primera dama, la señora Wilson, y finalmente la pena es conmutada por cadena perpetua.


   Stroud queda definitivamente incomunicado por el resto de su existencia. Sin embargo un día, tras una fuerte tormenta, recoge en el diminuto patio al que le permiten. salir sin compañía, un pequeño nido de gorrión. Utilizando una habilidad de la que no había sido consciente hasta ese momento consigue alimentar al polluelo y, tras sacarlo adelante y convertirlo en su única compañía, consigue que el nuevo alcaide, tras quedar sorprendido por la habilidad del recluso para amaestrar al pequeño gorrión, autorice a los presos a que sus familias les envíen jaulas con jilgueros y periquitos. Straud consigue de manera artesanal y laboriosa fabricar una jaula con pedacitos de madera. En poco tiempo, y tras criar sus pequeños pájaros, llena la celda de jaulas. De pronto, un día sin ninguna explicación las pequeñas aves enferman y mueren. Straud, mediante un proceso muy laborioso, consigue crear un remedio contra la enfermedad de las aves que después patentará con ayuda de una mujer con la que logra una gran complicidad y que había acudido a prisión a entregarle un premio de una sociedad ornitológica.

miércoles, 18 de marzo de 2015

CASABLANCA (1942)

 
    Casablanca, uno de los grandes clásicos de la historia del cine, está atravesada por la mirada de Bogart, fría y distante, cálida y rota. No nos podemos imaginar esta película sin la presencia todopoderosa de su principal protagonista, de Rick, el dueño del club que acoge, todas las noches, en la Casablanca controlada por la administración francesa pronazi durante la II Guerra Mundial, un compendio de lo que era el mundo en su tiempo. El club, principal escenario de interior, es un microcosmos en el que, más allá de las corruptelas, la prostitución, el juego, el alcoholismo y algunas otras bajezas, que se muestran sin ningún reparo, aparecen los dos principales actores de la Segunda Guerra Mundial: nazis contra aliados representados en diversas figuras paradigmáticas que simbolizan la lucha por el dominio del mundo que se libraba en aquellos mismos momentos. Pero el club de Rick es también el escenario perfecto en el que todas las pasiones se desatan, en especial el recuerdo amargo de un amor imposible, de una ruptura dolorosa, de un reencuentro esperado, ansiado y la de una partida definitiva marcada por un enorme sentido de la dignidad y de la probidad, a pesar de que nuestro protagonista se deslice en ocasiones por sendas tenebrosas.


    En la vida se presentan en algunas ocasiones un momento dramático en el que hay que optar entre el bien y el mal y solo los más dignos son capaces de anteponer su interés personal al de la colectividad. El bien mayor, la libertad del ser humano, frente al egoísmo del beneficio individual. Sin embargo, en este caso, la lección de Rick es todavía más noble. El amor infinito, el bienestar al lado del ser amado, ¿debe anteponerse a la idea suprema de la lucha por la libertad?. O dicho de otro modo: ¿debe un hombre enamorado febrilmente poner por delante su amor a cualquier tipo de condicionante moral?. Nuestro protagonista, hombre honesto, responde que no, aunque eso acarree un dolor imposible de mitigar, ni siquiera al lado de un verdadero amigo. Y aunque subyace un machismo propio de aquellos tiempos ("pertences a Víctor") no cabe duda de que toma el camino más doloroso pero también el más recto. Por eso Rick, Bogart, Bogart, Rick es "uno de los nuestros", en palabras de Conrad, es "el bueno" en un mundo de "malos", es el idealista brigada internacional que luchó contra el fascismo de Franco en España aunque trate siempre de aparentar frialdad. Siempre con los buenos o, al menos, con los que él siempre creyó que eran los buenos. Por eso, cuando en un alarde de dignidad, suena la Marsellesa (momento cumbre de la obra), Rick da el "placet" con sus ojos poniéndose del lado de la democracia y la libertad.

 
  La película, de 1942, narra la situación desesperada de muchos refugiados que huyen de la ocupación francesa por las tropas de Hitler hacia esta ciudad del Marruecos francés, teóricamente bajo gobierno la Francia no ocupada, es decir, del régimen fascista del general Petàin. En una de las primeras escenas, mientras la cámara cae en picado hacia una de las populosas y estrechas callejuelas, en la medina (aunque la película no fue rodada allí) un delincuente huye de la policía y es abatido por la espalda delante de un enorme cartel del dictador francés. Una de tantas imágenes icónicas de un film poliédrico, lleno de matices. También de humor. Un humor lleno de sarcasmo, sobre todo centrado en la socarrona figura del inigualable capitán Louis Renault, un magistral Claude Rains, sátiro, corrupto, inigualable. Su presencia da mucha consistencia a la película, al margen de su papel represor y canalla.  Inolvidable también la actuación de Ingrid Bergman en el papel de Ilsa, la femme fatale de esta historia. Mujer de una belleza soberana, en el fondo enamorada de Rick, establece con su llegada un punto y aparte en la narración fílmica. 


      Su aparición, junto a la de su esposo, el resistente checo Laszlo (Paul Henreid) da un giro copernicano a la vida de Rick Blaine, nuestro Rick. Ilsa había sido su vida, un amor verdadero en el París (siempre nos quedará París, dice al final) previo a la ocupación. Esa mujer le hizo mucho daño, un daño irreparable. Su olvido había sido su mejor medicina, la lejanía y el olvido. Pero, de repente, ella regresa, como esposa del héroe, del resistente, del luchador. Difícil de asimilar, nuestro protagonista sufre una fractura interna. La desprecia pero la ama irremediablemente. Reaparecen los recuerdos de aquel tiempo feliz en París y los sinsabores del abandono. De ese tren que está a punto para escapar del horror al que ella nunca llega. Entonces Ricky, acompañado de su sempiterno amigo Sam, el cantante y pianista de su bar, parte para su exilio marroquí, roto y amargado para siempre.


sábado, 17 de enero de 2015

LA VIDA DE ADÈLE (2013)

 Nota: El comentario contiene spoilers* 

  La vida de Adèle nos muestra una verdad cortante, seca y violenta: la del amor sin tregua, apasionado, sin dulcificaciones innecesarias. Se trata de una historia de amor y desamor entre dos mujeres excepcionales y opuestas entre sí. Una pequeña gran joya del último cine francés que va a perdurar en la memoria de muchos cinéfilos, repleta de momentos de una ternura memorable, realistas y bellos, al fin y al cabo.   Adéle (Adèle Exarchopoulos) es una jovencita de apenas 15 que no ha acabado el instituto. Vemos que sus primeros escarceos sexuales rebosan dramatismo, su identidad sexual no está del todo definida, sus relaciones con los chicos son problemáticas. La sociedad, con su familia a la cabeza,  la incitan a llevar una vida convencional, a salir con chicos. De esta  manera mantiene su primera relación sexual. Sus amigas, verdaderas vívoras, la jalean, son soeces y vulgares, no son buenas estudiantes, se preocupan por lo mundano y superficial. Adèle es diferente, su mundo interior es opuesto al de la mediocridad anodina de una adolescencia prefabricada. Por un tiempo sigue el juego pero pronto entrará alguien en su vida, alguien que la arrollará emocionalmente, con la que descubrirá lo que es el amor sin concesiones.


  Una noche decide salir con un compañero de clase que es homosexual visitando alguno de los garitos de ambiente de la ciudad. Allí conoce a Emma (Léa Seydoux), una chica más mayor que ella, licenciada en bellas artes y con una personalidad fuerte y arrebatadora. Desde el comienzo hay una fuerte atracción amorosa entre ambas. El amor infinito entre dos personas, la lealtad, la belleza del sexo puro entre dos mujeres diferentes pero con almas gemelas, la seguridad que ofrece Emma, con su madurez, a Adèle son de una ternura encomiable.  Pero  la homosexualidad, todavía más si es entre mujeres, sigue siendo un tabú social por mucho que en la moderna Francia ( y en otras sociedades occidentales) se haya aprobado el matrimonio entre personas del mismo sexo.  Vemos a lo largo del metraje las enormes dificultades que el mundo interpone entre las amantes.  La mentira a la familia se torna necesaria para sostener algo que sigue siendo visto como antinatural, el miedo a decir la verdad está patente en todo momento, con sus compañeras de clase y después con la sociedad en su conjunto.


 Pero esta es una historia de lucha, de superación ante todas esas adversidades para demostrar simple y llanamente que lo más puro que un ser humano puede ofrecer a otro, su amor, no puede ser cercenado por los convencionalismos de cada época. Y ese amor tierno y romántico se ve reflejado en el sexo, del que la película no huye sino que se nos muestra descarnado, duro y real, en especial en una interminable escena lésbica en dónde observamos la sublimación pura del deseo sexual, en dónde las dos amantes se convierten en un solo ser capaz de arribar al éxtasis irremediable del amor. En ese momento Adèle descubre que jamás será la misma porque ha encontrado su punto de llegada, ha descubierto su verdadera identidad sexual y que esta se puede desarrollar en plenitud con el ser amado.


    Vemos como  la relación se comienza a agrietar en lo que podríamos destacar como la segunda parte de la película, la rutina, las nuevas relaciones, la vida las va separando poco a poco hasta la fractura irremediable. El espectador sufre con el sufrimiento de unas personas a las que había creído predestinadas para amarse eternamente. Nuevamente la película no escatima en detalles sobre ese desamor: la violencia a la que ambas llegan se nos muestra con total realismo. Adèle se siente desamparada y confundida, queda hundida, como quedaríamos todos tras una ruptura tan dolorosa, intenta recuperar a Emma pero su vida, sin ella percatarse, ya es otra vida que discurre por otros caminos y diverge por completo de la de su amante.


    El guión, francamente bueno, mantiene una estructura lineal en el tiempo, sin flashbacks, a lo largo de un par de años durante los cuales se avanza más o menos rápido en función de esas dos partes de la que hablábamos y no escatima en dramatismo y crudo realismo, con escenas de una gran dureza. A nivel técnico la cámara nos ofrece continuos primeros planos que remiten a la inmanencia de Adèle,vemos por sus ojos, vemos sus ojos, vemos constantemente sus movimientos, su vida, su cuerpo y su cara, hasta los más mínimos detalles, sin trampa ni cartón, con un realismo abrumador.

   La fotografía es magnífica, tanto en interiores, en ocasiones con muy poca luz, como en los exteriores luminosos de las calles y parques de la ciudad. Por otro en su interpretación, las dos protagonistas realizan una labor magnífica pese a su juventud, aunque quizás la labor de la protagonista principal peque de bisoñez y rigidez en muchas de las escenas, lo que denota su falta de experiencia.   En definitiva una película que sorprenderá por su realismo  en las escenas sexuales y que brillará con luz propia dentro del nuevo cine francés por su belleza. A nadie dejará indiferente y despertará amor y odio a partes iguales, lo que suele ser indicio de que estamos ante una gran obra, a pesar de su largo metraje y la lentitud y parsimonia, casi pictórica, con la que transcurre gran parte de la película.   

lunes, 10 de marzo de 2014

LOS DUELISTAS (1977)


   El color, una magistral exhibición de color, de luces y sombras, de escenarios muy cuidados, de cuadros románticos a lo Constable, bucólicos quedarán indelebles en nuestra retina al margen de todo lo demás, de la extraordinaria puesta en escena, de los decorados y exteriores, del atrezzo y el cuidadísmo maquillaje y, sobre todo, de la historia propiamente dicha. Porque es una película histórica que exuda poesía, centrada en la era napoleónica y su precipitado final, en donde dos militares franceses del mismo rango, tenientes, se enzarzan en un duelo a muerte ininterrumpido en el tiempo, nunca del todo resuelto y que se va eternizando, que no culmina hasta que, precisamente, francia cambia de época, Napoleón es derrotado y comienza la etapa del nuevo rey Luis (XVIII). Un odio infinito, un encono, que podría perfectamente haber estado representado en otra época y circunstancias, si bien no en todas las sociedades la disputa por el honor se dirimía en un duelo a espada o pistola.


   Deja helado saber que esta película es una ópera prima y que el director es el renombrado Ridley Scott. Su buen hacer está presente a lo largo de una película bien rodada, con una estética como decíamos muy lograda, de época, un tanto esteticista, que utilizará en otras de sus grandes producciones. Scott hace todo un alarde de capacidad técnica en la dirección cinematográfica, planos secuencia, primeros planos, trávelings y muchos más elementos técnicos. En este caso toda la acción dramática está dominada por la lucha, el duelo constante entre dos personas que reflejan dos mundos paralelos y contradictorios: El teniente de húsares, noble y realista Armand D'Hubert (Keith Carradine) y el teniente Ferraud (Harvey Keitel), de un estrato social inferior y retorcidamente bonapartista.

  Todo comienza con el soberbio e iracundo Ferraud diputándo el honor ultrajado del emperador, un duelo de honor que será reprobado por la superioridad. Entonces entra en escena D'Hubert, que es enviado para detenerlo y meterlo entre rejas. Sin embargo no es capaz de apresarlo y por el contrario acaba batiéndose a duelo con el propio Ferraud, irreverente e irrespetuoso, dando comienzo a un periplo por toda Europa, según avanzan las guerras napoleónicas, donde se batirán en duelos que siempre acaban en tablas, si bien es siempre Ferraud el que obsesivamente busca a D'Humbert para finalizar su disputa de honor. Esos duelos son como combates dentro de una guerra, como algo personal entre un ser decadente y acabado y otro que ha de resistir a toda costa, un ser digno que debe aceptar con resignación vivir con dignidad. Scott nos traslada al contexto de las guerras napoleónicas distribuyendo la película en capitulos según avanzan hacia Rusia, en donde quedarán terriblemente congelados y destruídos, uno de los momentos más sobrecogedores del film.


    Vaughan-Hughes entreteje el guión que basado en un relato de Joseph Conrad recoge esta dicotomía del honor que no es personal sino ideológico y esa lucha eterna a la que finalmente no se pueden resistir ambos contendientes, por mucho tiempo que haya pasado desde las últimas tablas. La imagen final de la película nos transmite la idea de la derrota bonapartista en Santa Elena y además nos remite a la pintura bucólica de  Friedrich. La fotografía de Frank Tidy merece capítulo aparte y, como decíamos al principio, es magistral.  El color y la luz se entremezclan en interiores y exteriores. En los primeros la claridad emana desde las ventanas y en los vegetales exteriores los cielos grises se entremezclan con la luz y las sombras creando una magnífica sensación cromática. Por otro lado todo está perfectamente cuidado en la película, incluído el atrezo y el vestuario, generando un verismo sorprendente. Creemos habernos trasladado a aquella época, mucho más cuando vemos esos duelos de honor, con esos sables y espadas resonando en nuestra cabeza machaconamente. 


    La música de Howard Blake consigue traladar ese toque de época decadente, de final de un mundo y comienzo de otro, que tanto nos recuerda esta película. Magnífico ejercicio cinematográfico de Ridley Scott en la que fue su primera obra, una película inolvidable que logra trasladarnos como si dispusiésemos de una máquina del tiempo a una época en la que el honor y la lealtad estaba por encima de todo.

miércoles, 5 de marzo de 2014

GRAVITY (2013)


   Gravity es todo un despliegue visual y efectista en una situación límite magníficamente narrada e interpretada, una maravilla del nuevo cine que dejará una huella indeleble en los próximos años. Aunque quizás peca de tecnicidad, pues está rodada para ser vista en tres dimensiones y supone un nuevo avance en este campo. En ese sentido es más una obra de innovación técnica que de novedad argumental. Y sin embargo, la historia acaba cautivando. Cuando los astronautas están anclados a la nave nodriza como si fueran fetos en la barriga de una madre, siendo el espacio vacío la placenta, el cordón umbilical que los une se rompe, un imprevisto accidente (reflexionemos: un satélite ruso que explosiona, ¿casualidad?) destroza la nave y, de paso, los deja flotando en el espacio interestelar, a la buena de Dios, sabedores de que la delgada línea que separa la vida de la muerte es minúscula.

  Así comienza esta historia dramática, donde el espectador lo pasa mal y sufre con los avatares de la doctora Ryan Stone ( Sandra Bullock) que, siguiendo con el símil anterior, sobrevive sobre todas las cosas, a pesar de los duros avatares que le tocan vivir. Ella no tiene experiencia, es su primera misión espacial, pero está rodeada de todo un equipo de científicos y astronautas que la ayudan, en concreto Matt Kowalsky( George Clooney) la acompaña, enfundados en sus trajes, para reparar un imprevisto en el exterior de la nave. Pero entonces llega la onda expansiva, la basura que, a velocidad supersónica, amenaza con destruirlo todo. Ella queda separada, sale despedida, ha perdido la orientación y viaja hacia el abismo interestelar mientras observamos, con ella, como todo da vueltas a una velocidad enloquecida. A punto de morir encerrada en esa cárcel posiblemente de un ataque de pánico antes que de falta de gravedad, es rescatada in-extremis por su compañero pero cuando intentan regresar a la nave el desastre es total y absoluto, todo se ha ido a hacer puñetas y están solos, flotando a unos cuantos kilómetros del planeta azul. Deben actuar con rapidez pues el oxígeno dentro del envoltorio que los protege se va agotando, en especial el de la doctora que ha hiperventilado en su desventurada desconexión. Pronto deberán recorrer un largo camino para contactar con la estación espacial internacional.

  Más allá de la película de ciencia-ficción nos abruma la historia de supervivencia, la soledad, el miedo, el drama, el recuerdo de la hija perdida, la agonía y la lucha titánica por vivir pero sí que hay que destacar que todo esto, que forma parte del guión, no es innovador. Es una buena historia que emociona y atrapa pero aquí lo que prima es lo estético sobre lo ético. Técnicamente sublime, Cuarón podemos decir que atrapa el espacio dentro de la película como pocas obras lo han hecho. Su dirección es segura y brillante, diríamos que de un gran virtuosismo, utilizando el plano secuencia con gran acierto al comienzo del film, un plano que se hace insportablemente interminable, como el resto, incluso en interiores y continúa con ese buen hacer que hace que la imagen sea extraordinariamente poderosa, de una potencia sin igual. Después de su inolvidable e impactante Hijos de los hombres, ha regresado por la puerta grande a la realización cinematográfica.

  Todo ello sería imposible sin la labor de fotografía de Emmanuel Lubezki, fiel compañero de Cuarón que logra aquí, con unos medios tecnológicos desbordantes, una obra estética total, posiblemente la mejor imagen que en cine se haya dado del espacio exterior y del planeta tierra desde este, sin descuidar tampoco las calidades de la luz, una luminosidad pura que irradia en el rostro de la Bullock. La música de Steven Price, de una gran épica, actúa como un eco gravitatorio que envuelve ese espacio insonoro y apunta el dramatismo de una persona que se encuentra sola,  en un vacío que no solo es extraterrestre sino existencial.

   En cuanto a los protagonistas destaca la enorme presencia de  Sandra Bullock, quizás su mejor interpretación, para la que tuvo que realizar una gran labor metódica y física que ha merecido sobradamente la pena. Clooney acompaña bien, está correcto como casi siempre y destacar además de las voces de la radio esa inmensidad que es el espacio exterior, auténtica metáfora del terror y del peligro acechando constantemente. Gravity marcará un antes y un después a nivel técnico y visual, como ya hemos comentado, será largamente recordada y no solo por sus óscars aunque no alcanzará jamás la profundidad y alcance de 2001, la obra maestra de Kubrick con la que se la ha querido comparar.
 

 

domingo, 2 de marzo de 2014

GORDOS (2009)



 Tobogán emocional, película de subidas y bajadas, batiburrillo maravilloso de historias contrapuestas en las que prima lo sentimental, en el que Daniel Sánchez Arévalo nos sumerge en muchas películas, muchas tramas en las que prima la tragicomedia, con momentos de drama intenso y otros de comedia ligera. El punto en común de los protagonistas es una terapia grupal a la que acuden acomplejados por su obesidad.  A partir de ese momento comienza el baile de historias, el baile de gordos, a saber:  El gordo amargado, ex-presentador homosexual de teleprogramas que anuncia unas pastillas-milagro para adelgazar y que acaba preso de la bulimia y acude a pedir ayuda más por inercia que por otra cosa. Su vida es una mierda y, para colmo, su socio de toda la vida lo ha abandonado y es motivo de burlas y chanzas por doquier. La gorda joven y puritana acompañada de su novio ultracatólico que será sojuzgada durante demasiado tiempo. El gordo supuestamente feliz con mellizos que se odian eternamente. La joven gorda ejecutiva acomplejada porque su novio, de viaje en el extranjero, no conoce su actual volumen corporal. Y el terapeuta, de abdominales marcadas pero con un lío sentimental bastante gordo.


    Es cierto que las cinco historias están muy descompensadas entre sí, son como películas diferentes, con situaciones y subtramas de lo más diversas y por tanto el guión no deja de ser un constructo desigual, pero cada una de las historias tiene gancho, pegada y giros inesperados  aunque quizás se hagan demasiado explícitas en determinados momentos, en especial un exceso de corporalidad y de sexo, si bien el cine de Sánchez Arévalo es todo él así, excesivo, irreverente, irrespetuoso, trangresor.  Como ejemplo fantástico el cristo iluminado, fosforescente, preparado para afrontar el desnudo de sus vírgenes seguidores.


  Las interpretaciones están a un buen nivel tanto en el plano dramático como en el cómico, desde el histriónico Enrique un Antonio de la Torre magnífico como suele ser habitual, pasando por una inspiradísima Pilar Castro, en su papel de sufridora, Paula (Verónica Sánchez), bordando su faceta dramática, con el distanciamiento conyugal y los problemas que conlleva el embarazo para toda mujer, Abel (Roberto Enríquez) que está aceptable en su papel de terapeuta que parece tenerlo todo bajo control pero que poco a poco va destruyendo su propia existencia y hasta la joven Sofía (Leticia Herrero) dando muy bien en el papel de puritana que se soltará  el pelo, rebelándose contra su carca pareja, Álex (Raúl Arévalo) que domina a la perfección ese registro ultra puritano que sucumbe al pecado pero que se acaba por hacer insoportable la vida a los demás, papel por el que fue premiado con un goya. Finalmente Fernando Arbizu en el papel de Andrés, el gordo feliz que junto a Teté Delgado forman esa paranoica pareja que tienen unos hijos terribles, quizás la parte más simpática de todas. Finalmente, en esta película coral, destacar el personaje de Leonor (María Morales) que añade una nota muy lograda de acidez a todo el conjunto.

   Quizás el mayor logro de Gordos sea hilvanar en muchas historias  los traumas de unos seres acomplejados y conseguir lanzar el mensaje de la obsesión que la propia sociedad tiene sobre este tema, algo que raya ya en la paranoia colectiva y que desplaza a muchas personas a la marginalidad y el desprecio. El montaje también merece un comentario aparte, difícil empresa ante tantas historias que se entrecruzan entre sí,  por momentos nos abruma la cantidad de cambios y de saltos que la película va ofreciendo, acaba resultantdo excesivo, caótico, desbordante. Varias cosas  dan sentido a este sinsentido de filme y  lo elevan a la categoría de película altamente recomendable. No solo el guión y las actuaciones sino el trabajo de dirección que consigue dar coherencia a todo el conjunto. También la música de Pascal Gaigne, que destaca por su sencillez y profundidad, un compositor que se está labrando una buena fama en la música cinéfila.


   En definitiva una tragicomedia excesiva, irregular, paradójica e incluso entretenida que no nos dejará indiferentes, que nos conmoverá a iguales dosis de las que nos conseguirá crispar. 

sábado, 22 de febrero de 2014

LA HERIDA (2013)


   Una gran interpretación de la enfermedad es lo que Marian Álvarez exhibe en esta película sencilla y sufrida de Fernando Franco. No es un film que atrape o apasione sino que, por el contrario, se torna por momentos sinceramente desagradable ya que nos sitúa a Ana, una mujer que trabaja en una ambulancia ayudando a los demás, como centro de su propia enfermedad mental y de su autodestrucción. Tanto es así que el director sitúa la cámara en el cogote de la actriz protagonista y, por momentos, sentimos que estamos persiguiéndola, como si huyera despavorida, no como una manía persecutoria sino de la propia enfermedad psiquiátrica que padece, el conocido como trastorno límite de la personalidad. Pero no puede salir de su infierno particular, es consciente de ello y por eso se hiere, se castiga a sí misma, en secreto, sin que su madre lo pueda siquiera percibir.

   Todo en su vida se derrumba en su interior: su padre se marchó de casa y ahora se va a casar con otra mujer, su novio ya no le responde al teléfono y ha decidio cortar, carece de amistades fuera del trabajo, se sinte sola y culpable de todo lo que le sucede. La depresión la desborda y pronto llega la herida o, mejor dicho, las heridas que ella misma se inflige en una espiral autodestructiva.

   La película es como un documental de la enfermedad mental, que desborda el todo de la narración. El conjunto del guión está dedicado a describir la decadencia, la soledad, el infierno que vive Ana. Pero quizás por eso la historia no es tal, es decir, no hay historia o esta es tan endeble que acaba por mostrarse tediosa e irremediablemente intrascendente aunque en cierta medida conmueve por su realismo y crudeza. Y es que todo gira entorno a la descripción de unos síntomas que van a más, que son incurables e irremediables.  

  El director Fernando Franco, montador profesional que realiza aquí su primer largometraje, utiliza reiterativamente el plano secuencia, en un interminable seguimiento de todos los movimientos de su actriz que, dicho sea de paso, da sentido a esta historia, la llena y desborda por completo. Su interpretación es suficientemente contundente como para justificar su visionado, es desbordante, sorprendente, su rostro refleja el enorme sufrimiento que padecen este tipo de personalidades límite, el dolor y la frustración por no poder controlar su propia existencia. Merecido el premio del cine español a su interpretación.

    Una película obligatoria para los que disfrutamos de grandes interpretaciones aunque el contexto de la película no sea excesivamente atractivo. Un cine de desolación sin límite, sin alharacas ni pretensiones, de bajo presupuesto y alta calidad aunque no apto para personas poco acostumbradas a sufrir, a pasarlo mal viendo cine casi documental. También óptima para estudiosos de la psiquiatría y para los que, en general, sufren con el sufrimiento ajeno.